Separación o divorcio tras el COVID-19

Es costumbre, en nuestro despacho profesional, invitar a las partes a que se tomen su tiempo antes de decidir “romper con todo”. Hay veces en las que no hay vuelta atrás, son ya demasiadas discusiones en presencia de los hijos menores y las lineas rojas se han cruzado muchas veces.

Sólo en este caso es cuando procede apostar por la separación o por el divorcio.

En el primer caso, el matrimonio “sigue vivo”. Es decir: Los cónyuges siguen unidos en matrimonio pero viven legalmente separados. Es preciso establecer medidas temporales para regular la convivencia con los hijos menores y/o medidas de carácter económico en caso de desequilibrios graves.

«¿Cómo me veré yo en un techo distinto y cómo me las apañaré para ver a los niños?»

Si optamos por ésta vía, lo ideal, es que vayamos “de la mano” a un abogado con una idea preconcebida de «¿cómo me veré yo en un techo distinto y cómo me las apañaré para ver a los niños?»

De ser imposible el acuerdo, siempre acudir a un abogado de confianza para sentar unas lineas directrices para regular vida por separado, medidas con los hijos, y destino del patrimonio común —casi nada—.

Si es evidente que no hay vuelta atrás en una relación “hiper-deteriorada”: Hay que romper el vínculo conyugal a través del divorcio. De nuevo: Mejor tener clara la hoja de ruta; y, si no es posible, tu abogado de confianza la diseñará.

En los tiempos que corren no es tan traumático como hace veinte años romper con la relación matrimonial. Gracias que ya no existen estigmas sociales que señalaban a la mujer como culpable “por destrozar una familia”. Un recorrido a nuestro derecho penal anterior a 1973 nos puede llegar a dar escalofríos.

Ya no existen estigmas sociales que señalaban a la mujer como culpable “por destrozar una familia”.

Una de las mejoras legislativas de la “era Zapatero”, siendo absolutamente imparciales y objetivos, fue la posibilidad de solicitar el divorcio sin necesidad de “dar explicaciones a un Juez”. Se dejaron sin contenido algunos artículos del código civil relativos a las causas de la separación y divorcio, lo que, desde luego, con el transcurso del tiempo ha demostrado ser un acierto legislativo. No tenemos que probar que nos divorciamos, por ejemplo, por que el padre “corrompía a nuestros hijos o se fue de casa”.

En la práctica, cuando asistimos a un juicio de divorcio contencioso ninguno de los progenitores lo pasa bien. Se entremezclan cuestiones jurídicas con asuntos muy sentimentales.

Imagínense si, además, hay que demostrar la culpa del otro por “haberse portado mal”. Hoy, Dios gracias, lo que le preocupa tanto al legislador, como al Fiscal, como al Juez, es “el bienestar del menor”. Esa es la luz que hay que buscar cuando naveguemos por estas aguas.